«Mujeres que mueven y conmueven» Capítulo 3: Waangari Maathai

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«Mujeres que mueven y conmueven» Capítulo 3: Waangari Maathai

[email protected] al tercer capítulo de la serie “Mujeres que mueven y conmueven”, que en esta ocasión tiene como protagonista a Wangari Maathai.

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[email protected] al tercer capítulo de la serie “Mujeres que mueven y conmueven”, que en esta ocasión tiene como protagonista a Wangari Maathai. Estos artículos son escritos por nuestra colaboradora Vanessa Palomar Martínez.

Empezamos.

Cuando penséis que no podéis cambiar algo en el mundo, cerrad los ojos e imaginad que sois una mujer negra que ha nacido en la Kenia colonial de los años cuarenta del siglo pasado. Que sois hija de campesinos de la etnia kikuyu y que vuestro único futuro a priori es trabajar en el campo, cargar kilos de leña a vuestras espaldas y caminar varios kilómetros cada día para poder recoger agua.

Pues éstas son, ni más ni menos, las condiciones de vida que se encontró Wangari Maathai, bióloga, ecologista y activista política infatigable, cuando llegó al mundo. Y con esta “herencia social, de género y cultural”, decidió rebelarse ante su destino para convertirse en una de las personas que más ha luchado por conseguir mejorar la vida de las mujeres africanas. Y lo hizo a través de una visión muy personal, única y transformadora, que le ha llevado a integrar la ecología y el desarrollo sostenible con la democracia. 

Según ella misma afirmó en múltiples ocasiones, “en Kenia las mujeres son las primeras víctimas de la degradación ambiental, porque son ellas las que caminan durante horas en busca de agua, las que venden la madera que acarrean para obtener el sustento con el dan de comer a sus familias”. Y no lo dijo sin conocimiento, sino que ella misma experimentó en su infancia las duras condiciones de vida a las que se enfrentan las niñas y mujeres en Kenia, en su rol de pilares para el bienestar colectivo.

Cuando poder estudiar marca la diferencia para cambiar el mundo

Wangari Muta Maathai nació el 1 de abril de 1940 en el pueblo de Ihithe, en las tierras altas centrales de Kenia, entonces colonia británica. Pero, aunque su infancia estuvo condicionada por unas circunstancias poco halagüeñas y esperanzadoras, Wangari sí fue una privilegiada en un aspecto muy importante: pudo estudiar, lo que significó un cambio radical en su vida. Como ella misma dijo en una ocasión: “No puedes proteger el medio ambiente a menos que empoderes a las personas, las informes y les ayudes a comprender que estos recursos son suyos, que deben protegerlos».

A los ocho años comenzó a estudiar en la escuela de su pueblo natal, en la que destacó por sus excelentes calificaciones. Tres años después, se le presentó la oportunidad de formarse en una escuela católica llamada Santa Cecilia, donde llegó a dominar la lengua inglesa, consiguió graduarse como la primera de su clase y se convirtió al catolicismo, con una particular visión de lo divino y lo humano, que ella reflejaba en frases como ésta: “Todos tenemos un Dios en nosotros, y ese Dios es el espíritu que une toda la vida, todo lo que hay en este planeta”.

La apertura del país provocado por el final del colonialismo en África Oriental ayudó a Wangari a iniciar su andadura internacional cuando el entonces senador de los Estados Unidos John F. Kennedy acordó financiar un programa de educación, iniciando lo que se conoció como Kennedy Airlift o Airlift Africa («el puente aéreo de África»). 

La experiencia internacional como camino hacia el despertar activista

Gracias a su excelente expediente académico, Wangari fue una de los [email protected] [email protected] [email protected] en septiembre de 1960 para ir a estudiar a Estados Unidos, donde en 1964, nuestra protagonista terminaba sus estudios en Biología y tras graduarse, decidía realizar un Máster en Ciencias Biológicas en Pittsburg. Durante el tiempo en que vivió en los Estados Unidos, Wangari tuvo sus primeros acercamientos a la lucha por los derechos de las mujeres que la inspiraron y que luego aplicó en África.

También allí fue la primera vez asistió a un evento ambiental en el que se pretendía mejorar la calidad del aire de la ciudad y reducir así la contaminación atmosférica. Este fue su primer contacto con la protección de la naturaleza y el momento en el que se dio cuenta de que “tendemos a poner el medio ambiente en el último lugar, porque pensamos que lo que hay que hacer es eliminar la pobreza. Pero no se puede reducir la pobreza en la nada. Lo tienes que hacer en un entorno”.

Cuando acabó su Máster, en la primavera de 1969, Wangari regresó a Kenia con la idea de continuar sus estudios en la Universidad de Nairobi como profesora adjunta. Pero al llegar a la universidad, se encontró con una mala noticia: el puesto al que postulaba se lo habían concedido a otra persona. Un hecho que despertó en ella la sospecha de que la habían desplazado por cuestiones de género, y que contribuyó a que en nuestra heroína se fuera despertando cada vez más su espíritu activista en pro de los derechos de las mujeres.

En mayo de ese año se casó con Mwangi Mathaiy y poco después se quedó embarazada de su primer hijo, al tiempo que su marido se presentaba al Parlamento, perdiendo por un pequeño margen. En el transcurso de las elecciones, Tom Mboya, que había sido crucial para la creación del programa que la envió al extranjero, fue asesinado. Esto llevó al presidente Jomo Kenyatta a terminar con la democracia multipartidista en Kenia.

​Dos meses después de ser rechazada como profesora adjunta en la universidad, Wangari se fue a Alemania para continuar con sus estudios. Después de pasar cierto tiempo investigando en este país, volvió a Nairobi, donde finalmente obtuvo su Doctorado en Anatomía Veterinaria (1970) y consiguió su primer hito: convertirse en la primera mujer de África Central y Oriental en obtener un doctorado. Pero no el único; también fue la primera mujer Jefa de Departamento (de Anatomía Veterinaria), en 1975 y Profesora Asociada en la Universidad de Nairobi (en 1977).

La década de los 70: la eclosión del ciclón Mattai

Los años 70 fueron muy relevantes en la vida de Wangari. Siguió evolucionando profesionalmente mientras su familia crecía al mismo tiempo. Mujer de coraje, culta, generosa, elocuente, enérgica, vitalista, llena de valentía, esperanza y perseverancia, o una «supermujer» como diría su mentor Hofmann, conseguía repartir su tiempo entre ser madre y el trabajo. En estos años, comenzó a involucrarse en asuntos sociales, políticos y ambientales, primero en la Universidad, donde luchó por conseguir la libertad de cátedra en un país autoritario y corrupto como era Kenia, así como la igualdad de oportunidades y salarios, y posteriormente, convirtiéndose en miembro y directora de del Consejo Nacional de Mujeres de Kenia (NCWK), asociación que abogaba por el empoderamiento de las mujeres kenianas.

Wangari combinó su lucha feminista con el activismo medioambiental. Ella tenía la firme convicción de que el ecologismo podría ser un canal extraordinario para lograr un desarrollo sostenible que mejorase los problemas en Kenia. Y su formación académica fue un punto vital para que las piezas del puzle fueran encajando. Y es que, según sus propias palabras: “Durante mi trabajo como científica aplicada a la investigación de los problemas alimentarios, mientas recogía muestras, me fijé en que los ríos iban llenos de limo. Aquello no sucedía cuando era pequeña. Había poca hierba y no contenía nutrientes necesarios. El suelo no cumplía sus funciones”.

Las consecuencias de esa reflexión las observó claramente en las demandas de las mujeres campesinas con las que tenía contacto. Estas mujeres comentaban que sus arroyos se secaban, que sus recursos alimentarios eran escasos y poco seguros y que cada día tenían que ir más lejos a por agua o a por leña. Su conclusión fue clara: muchos de los problemas de Kenia, y por tanto de sus mujeres, radicaban en la degradación medioambiental. Sus dos luchas se unieron. 

El movimiento Cinturón Verde

«No podemos quedarnos sentadas a ver cómo se mueren nuestros hijos de hambre«. Esta expresión utilizada por Wangari en 1977 fue el germen que consiguió motivar y movilizar a miles de mujeres y promover la creación del “Movimiento Cinturón Verde” (Green Belt Movement), una especie de lobby ecologista responsable de la plantación de más de 30 millones de árboles por todo el país, con el fin de conseguir dos propósitos; mejorar la propia situación económica de las mujeres embarcadas en el proyecto y luchar al mismo tiempo contra la deforestación, la erosión y la sequía en el continente.

La puesta en marcha de este proyecto hizo que a Wangari se la empezara a conocer desde ese momento con el cariñoso apodo de “Tree Woman (Mujer Árbol).

Este movimiento alentó a las mujeres a ir al bosque y recolectar semillas de árboles oriundos de la zona, para después crear invernaderos, trabajo por el cual esas mujeres recibían un salario. Posteriormente, esas semillas se utilizaban para plantar árboles. Era una idea simple y mágica: impulsar el trabajo conjunto de las mujeres en la plantación de árboles para mejorar su propia situación y luchar contra la deforestación, la erosión y la sequía. Debido a que las mujeres eran las que recibían formación en ecología, tenían papeles de liderazgo, dirigían los viveros y trabajaban con silvicultores planeando e implementando proyectos para la recolección de agua y seguridad alimentaria, el movimiento fue clave para avanzar en la emancipación y empoderamiento de las mujeres campesinas.

El “Green Belt Movement” se fue expandiendo poco a poco a otros países de África gracias a entidades como el Fondo Voluntario para Mujeres de Naciones Unidas, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente o la Sociedad Noruega de Silvicultura. En la actualidad se considera uno de los proyectos más exitosos en lo referente a desarrollo comunitario y protección medioambiental. Desde su puesta en funcionamiento, las mujeres pobres de África han plantado más de 30 millones de árboles en el suelo de ese continente.

Su activismo político feroz contra la especulación de la tierra y la destrucción de los bosques

La política fue otro de los ámbitos en los que Maathai también estuvo presente. Lo hizo como parlamentaria en Kenia y formó parte del Consejo de Honor del World Future Council. Su lucha por proteger los espacios naturales del país africano la llevó a ser encarcelada en múltiples ocasiones. Aun así, y fruto de su defensa de la biodiversidad, en 2002, Wangari fue nombrada Ministra de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Vida Salvaje.

Fueros años convulsos donde nuestra activista luchó vehementemente en pro de la democracia y los derechos humanos y en contra de la especulación de la tierra y la destrucción de los bosques. Estas reivindicaciones aumentaron su proyección internacional, aunque también le acarrearon varias detenciones y persecución por parte del gobierno.

La primera mujer africana galardonada con el premio Nobel de la Paz

En octubre de 2004, Wangari Maathai se convirtió en la primera mujer africana galardonada con el Premio Nobel de la Paz, por “su contribución al desarrollo sostenible, a la democracia y a la paz”. 

Wangari declaró que destinaría la mayor parte de los 1,1 millones de euros del galardón al trabajo en favor del medio ambiente y fundó, junto con otras Premios Nobel como Rigoberta Menchu o Shirin Ebadi la “Iniciativa de las Mujeres Nobel”, con el objetivo de fortalecer el trabajo realizado en apoyo de los derechos de las mujeres.

Durante toda su vida, la activista keniana recibió múltiples premios y reconocimientos: el Premio Goldman para el Medio Ambiente, el Premio Liderazgo Africano del Proyecto para el Hambre, la​ Medalla Edimburgo por su excepcional contribución a la humanidad a través de la ciencia, el Premio Ambiente Global, Asociación Mundial de Organizaciones No Gubernamentales, el​ Premio Ciudadano del Mundo y el Premio Indira Gandhi.

Fue Mensajera de la Paz de la ONU, ponente del grupo de trabajo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio… Y siguió trabajando de forma incombustible hasta su muerte el 25 de septiembre de 2011 debido a complicaciones derivadas de un cáncer de ovario.

Su fallecimiento causó entonces una gran tristeza mundial y el arzobispo emérito sudafricano Desmond Tutu, galardonado también con el Premio Nobel de la Paz, la definió como «una auténtica heroína africana». 

Una esperanza verde constituida por más de 47 millones de árboles

El día que Maathai falleció, y gracias a su incasable labor de lucha y concienciación durante toda su vida, dejaba al planeta un legado de más de 47 millones de árboles plantados y organizados en 3.000 viveros atendidos por 35.000 mujeres. Actualmente, el Movimiento Cinturón Verde sigue trabajando bajo la idea de que la lucha para proteger el medio ambiente es la única vía para construir un planeta más justo y perdurable.

Aunque hace más de 10 años que Wagari nos dejó, sigue siendo una inspiración para millones de mujeres en todo el mundo, entre las que me incluyo. A través de su ejemplo, hemos aprendido que estudiando y luchando con mucha perseverancia es posible darle un vuelvo a nuestras vidas y a nuestro entorno. Y también que ser “demasiado fuerte para ser mujer” o “tener una educación excesiva”, como la calificaron su ex marido o el Presidente Moi, pueden ser los mejores atributos para generar un cambio profundo.
Wangari, estoy segura de que son muchos los árboles que inclinan sus ramas y hojas en señal de agradecimiento con tan solo oír tu nombre. Gracias a ti, nuestra esperanza es mucho más verde y nuestras mujeres mucho más fuertes. Y es que, como dijiste en una ocasión: “cuando plantamos árboles, plantamos semillas de paz y esperanza”

Créditos Imagen del artículo: Green Belt Movement

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